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lunes, 13 de junio de 2011

TODAVÍA NO QUIERO SER PAPÁ


TODAVÍA NO QUIERO SER PAPÁ


La vida continúa y el blog también. Gracias a las decenas de personas que, por una u otra vía (el blog, el mail, el hi5, el teléfono, etcétera), se han mostrado interesadas por mi salud, y me han animado a recuperarme luego del complicado incidente en la carretera entre Ticlio y La Oroya. De verdad, infinitas gracias. Me llamó muchísima gente (menos Carlita, mucho menos J).
Creo que la mejor manera de espantar el drama es reactivando el Busco Novia. Y qué mejor que tocar esta vez un tema que de alguna manera se desprende del último post ('Aquel Viejo Motel'). 
Me refiero a que cuando los enamorados entran en un ritmo altamente cachondo, y le dan cuerda día y noche a sus ímpetus sexuales --en un telo o en donde sea-- tarde o temprano surge entre ellos el miedo, la duda y la terrífica paranoia de haber 'metido la pata'. Por más precavidos que hayan sido los dos, y por más derroche de condones, anticonceptivos y demás adminículos profilácticos que hayan hecho, no hay pareja que se libre de ese riesgo.
El vía crucis empieza con una llamada de tu chica. Alo, amor, pucha, no me viene, te informa ella, con esa voz baja y tembleque con que se comunican las malas noticias. No te viene qué, preguntas, tratando de disimular. La regla pues, huevón, la regla, te aterriza. Es desde ese instante telefónico que la angustia te clava los colmillos y te chupa la sangre. Y no habrá absolutamente nada que te salve del fatigante estrés de pensar que existe siquiera una micro posibilidad de que hayas embarazado a tu novia. La sola idea de ser papá contra tu voluntad, de estar obligado a improvisar un futuro que no tenías planeado y de, eventualmente, tener que casarte ante el unánime pedido de la hinchada, te perfora el cerebro y te lleva, lenta pero irremediablemente, al borde de la locura.
Conozco muy bien ese sentimiento. Han sido dos las inolvidables ocasiones en que he padecido el sobresalto. Por lo menos me ocurrió con mis enamoradas. No quiero ni imaginar el desastre que debe significar que te suceda con una chica con la que tuviste un 'lapsus eroticus arrechus' (improbable nombre científico que en su traducción más coloquial equivaldría al celebrado peruanismo 'choque y fuga'). Eso sí que debe ser terrible: embolar a una chica con la que solo has tenido un encuentro fortuito y pasajero.
Decía que he vivido en carne propia ese trauma, y recuerdo perfectamente el trastorno, el impacto, el estado de temor y ansiedad en que me depositaron esas llamadas. Sobre todo, la pavorosa frasecita No me viene. Ese aviso es infartante, y sus secuelas son graciosamente reveladoras, pues todo lo que a tu novia no le viene, te empieza a venir a ti: te falta aire, pierdes apetito, transpiras, te sicoseas, te baja la presión, se te afloja el estómago y tus piernas se convierten en un inestable y nervioso par de palitroques. Por poco y te desmayas. Si hasta parece que la embarazada fueras tú.
Es difícil describir el estado mental de un hombre que, durante días o semanas, vive en ese estado de vacilación y consecuente congelamiento orgánico. Aunque chabacana, la conocida expresión popular 'tener los huevos de corbata' es en este caso muy didáctica e ilustrativa, pues precisamente así, con esa sensación de ajuste y ahogo, es que se manifiesta el vértigo en un chico martirizado por una palta existencial tan grave como esa.
Pero no solo te asustas cuando tu novia te dice que cree estar embarazada. Después del shock, viene la depresión. En una imaginaria nube que flota sobre tu cabeza empiezan a transcurrir escenas escogidas de tu nueva vida de involuntario progenitor. Te ves cabizbajo comprando pañales en el supermercado; cancelando planes de fin de semana con tus amigos; despertándote de madrugada; hirviendo mamaderas; soportando ese detestable chillido de los recién nacidos; arrastrando un cochecito por un parque; y --lo peor-- limpiando esos terrosos y pestilentes grumos de que se compone la caca de un bebé. Parece una ironía: tu novia va a dar a LUZ, pero tu vida se sumerge en la más tenebrosa oscuridad.
Ya se lo confesaba el maestro Bill Murray a la recontra potable Scarlet Johansson en un pasaje de la imperdible Lost in Translation: "cuando nace tu primer hijo toda tu vida, tal como la conoces hasta ese momento, desaparece".
Pero así como tu novia te puede hundir en la desesperación más cabrona al comunicarte sus sospechas de embarazo, te puede llevar a la euforia absoluta cuando te anuncia el advenimiento de la regla. La sagrada y rojiza huella de la menstruación. Amor, ya me vino. Qué dulces palabras. Qué gran momento del lenguaje femenino. Uf, le vino. Gracias, Dios. Gol. Por fin. Qué alivio. Qué tranquilidad. Vuelve el alma al cuerpo. Vuelve a reinar la alegría. Qué viva el Perú. Que alguien destape dos cervezas. Hay que celebrar tan magno evento, digno de todos los festejos y hasta de las primeras planas. Qué extradición ni qué ocho cuartos. La noticia es otra. A tu novia le vino la regla. Ya no vas a ser papá. Salud por eso. Seco y volteado. Y pidan otra ronda que yo la invito.
Dicen que las mujeres acostumbran estirar malévolamente estos períodos de incertidumbre (y que a veces hasta los inventan) para probar así nuestra reacción y ver cómo nos comportaríamos ante el escenario de un supuesto embarazo accidental. Supongo que están en su derecho de tendernos esa trampa para husmear en nuestros prejuicios respecto de, por ejemplo, el aborto. Lo que sí me parece faltoso es cuando las mujeres propician el embarazo para obligar al novio a formalizar una relación. Es decir, te engañan diciendo que se están cuidando y luego utilizan la contundencia de la preñez como un fortísimo argumento para arrastrarte al altar.
Hay quienes piensan que esa es una vil triquiñuela, pero también he oído a defensores de esas prácticas egoístas decir que las mujeres no lo hacen para 'atrapar' a su novio, sino simplemente por las puras ganas de tener un hijo. Francamente, no sé qué vendría a ser peor.
Mi amigo Alfonso (Robotv, ilustrador del blog y talentoso fotógrafo), me informa de la existencia de un mecanismo llamado "el braguetazo de oro", y que marca el caso inverso: cuando un varón hace promesas sexuales que no cumplirá (del tipo 'solo la puntita') y deja embarazada a su chica, en la esperanza de reproducirse y quizá fortalecer el seguramente deteriorado lazo sentimental del que su relación pende.
De todo este rollo extraigo una reflexión que no pienso alterar: si voy a ser papá, me gustaría decidir cuándo y no enterarme desprevenidamente por teléfono. Y aunque ya no me persigue como cuando era chiquillo la pesadilla de ser papá por anticipado, igual sé que aún no ha llegado ese momento (mis encantadores pero a menudo revoltosos sobrinos de 9 y 3 años me han ayudado a confirmar esa certeza). Por eso, para evitar una fregada paternidad impuesta, siempre tengo a la mano --guardado en la guantera del auto, caleteado en la mesa de noche o refundido en la mochila-- un inmaculado preservativo: después del perro, el segundo mejor amigo del hombre.
Escrito por Renato Cisneros

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