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lunes, 13 de junio de 2011

INCOMODIDAD DE EX


EL FACTOR INCÓMODO

Las EX novias siempre me han resultado un factor incómodo. Debe ser porque siempre fueron ellas las que se irrogaron el estatus de EX. Si hubiera sido yo el que hubiera dado por terminadas las relaciones, seguramente no habría ningún drama: la presencia de mis EX me resultaría simpática o un poquito inquietante o indiferente, pero no me atormentaría ni me mortificaría ni me amargaría.

En cambio, cuando es uno el damnificado; el que recibe la dura primicia del rompimiento; el que tiene que aceptar -caballero, nomás- los nuevos términos del contrato rescindido; el que tiene que acostumbrarse a la prepotencia de una soledad que no había buscado ni promovido ni planificado, entonces el escenario gira 180 grados. Ahí la EX sí se convierte en una presencia nociva, intimidante, alérgica. No quieres verla, no quieres que te la nombren, no quieres saber ni un solo detalle de su nueva vida de soltera libre y feliz. La sola idea de cruzarte con ella un viernes por la noche y de ser testigo de lo muchísimo que se divierte con sus amigas, te enferma.

Para evitar el riesgo, prefieres quedarte en casa. Pero cuando eso ocurre, el remedio suele ser peor que la enfermedad, porque en la casa no logras concentrarte en nada. Enciendes la radio y de pronto todas las putas canciones tienen que ver contigo y con tu desgracia sentimental. Te escondes en la cama, tienes pesadillas, sudas, te deprimes. Al despertar, te dices a ti mismo que odias a tu EX, aunque en el fondo sabes que es mentira: desearías odiarla, seguro, pero todavía la quieres y ese querer es, por ahora, inmanejable.

Tus amigos, con accidentada ternura, te conminan a que la olvides diciéndote "pasa la página, oe, no seas huevón", y al oírlos tú sientes que esa página está pegada con engrudo y que no podrás pasarla nunca por mucho empeño que le pongas a ese trabajo forzado. 

Arruinado por la pena, convencido de que en tu corazón alguien ha hecho estallar un coche bomba, te pasas los días en un estado de patidifusa melancolía. No comes, no estudias, no reaccionas. Te conviertes en un autista, una ameba, una musaraña. Además, como no te importa conocer a ninguna otra mujer, te abandonas, dejas de ir al gimnasio, dejas de pulirte, dejas de afeitarte. Te transformas en la versión masculina de Bridget Jones.

Pasan semanas, un par de meses, y tus amigos tratan de sacarte hasta que una noche por fin lo consiguen. "Hoy me la pego", les aseguras, y ellos celebran tu espíritu envalentonado y tu semblante visiblemente restablecido. Uno de ellos sugiere ir al clásico bar de Las Noches de Calzoncillos. Para variar, está repleto. Propones subir al segundo piso para ubicar alguna mesa libre, y justo en el instante en que estás repasando el panorama, en ese desgraciado segundo de distracción, ves a tu EX sentada en una mesa. Tu pecho empieza a bombear enloquecidamente de la impresión. No sería raro que sufrieras un infarto. Cruzan las miradas, y ya es tarde para hacerte el loco y voltear como si no la hubieras visto. De pronto, ella te sonríe con esa antigua complicidad. Quieres ir a abrazarla y a decirle que aún la adoras y que quisieras casarte con ella hoy mismo. Sin embargo, algo te detiene; o mejor dicho, alguien; o mejor dicho, la sombra difusa de alguien. Giras la cabeza, amplías mínimamente tu campo de visión y te percatas de que junto a ella, demasiado cerca para tu gusto, hay un tipejo sentado, mascando canchita. Lo peor es que su cara te resulta sumamente conocida. "¿No se parece acaso al amiguito ese de la universidad del que tu EX siempre te hablaba?", le preguntas, ingenuo, a tu conciencia. "No, no se parece, idiota, es idéntico. Es él", te contesta ella, relajada y cachosa.

Un leve mareo sacude tu cabeza. Estás atrapado en la horrible escena de terror que no querías protagonizar jamás: tú, tu EX y el hombrecillo que ha tomado tu lugar en su vida. Obviamente, no sabes qué hacer. Piensas en largarte sin decir nada, pero vacilas. Por detrás, tus amigos te soplan al oído "anda y saluda, o vas a quedar como un baboso". Y tú -que más baboso ya no puedes sentirte- les haces caso y te acercas a saludar.


Son desastrosas esas conversaciones con la EX. Todas diplomáticas, superficiales, epidérmicas, llenas de lugares comunes y de poses políticamente correctas. Que qué ha sido de tu vida. Que cómo están tus hermanos. Que qué sabes de fulanito. Que me va bien en la chamba. Que no me jalaron en ningún curso. Que la vez pasada me crucé con tu amiga. Que si te llegaste a comprar la cosa esa que tanto querías. Que si tu perrita se mejoró de la dolencia en la cadera. Que no te creo que te fuiste a Máncora de nuevo. Que me voy porque me están esperando. Que cuídate mucho. Que no te pierdas. Que mándale saludos a tu mami de mi parte. Que ya nos vemos.

Aj. Aj. Aj. Odio esas charlitas inmundas, en donde todo se imposta y se falsifica. Te encuentras con tu EX después de meses y tienes ganas de decirle mil cosas; de confesarle con rabia que la extrañas; de preguntarle cómo es posible que tan pronto esté con otro; de susurrarle al oído que está más preciosa que nunca. Tienes ganas de removerle los intestinos con recuerdos de lo que pasó entre ustedes; de sacarle en cara sus promesas; de pedirle perdón; de perdonarla. Pero no. No dices absolutamente nada de eso. Todo se reduce a un histriónico intercambio de frasecitas amables y desangeladas que salen de tus cuerdas vocales sin que puedas hacer nada por evitarlo, como si fueran parte de una monótona grabación para casos de emergencia.

Transcurren los meses, los años y tu EX va desapareciendo detrás de un muro que ambos, inconscientemente, van levantando. Cada decisión tomada por separado, cada nuevo paso dado por los dos, cada experiencia que no conocen el uno del otro es un ladrillo adicional en esa tapia, cada día más grande y consistente. 

Cuando te percatas del tamaño colosal de ese paredón, ya no solo no quieres saber de ella, sino que piensas: para qué, cuál es la utilidad, cuál el beneficio. La chica que estuvo contigo; con la que conversabas de los temas más trascendentales y también de los más bobos y pastrulos; con la que exploraste todos los niveles de la pasión y la intimidad; con la que hiciste decenas de planes para el futuro sentados sobre la cama; con la que bromeaste hablando de los hijos que tendrían y de los nombres que les pondrían; con la que viste millares de películas en DVD; con la que lloraste y reíste y volviste a llorar y a reír; ya no existe, no está más: se suicidó el mismo día en que decidió partir.
Hay una canción de Cliff Richard que habla de eso. De lo increíblemente irónico que es ya no hablar más con la persona que complementó tu vida durante un largo periodo. Los años la han llevado de un polo al otro de tu mapamundi emocional: de ser la mujer más importante ha pasado a ser una anónima, una X, una chica con la que ahora, en el mejor de los casos, solo mantienes un sobreactuado vínculo cordial. No sé si coinciden conmigo, pero hay algo de tragicómico, injusto y decepcionante en esa invariable mutación radical.

Mis dos EX son hasta hoy un factor incómodo. Una está casada, la otra con novio. Ya no las quiero, pero las quiero. Ya no las necesito, pero las necesito. Ya no me importan, pero me importan. Y lo que es más paja y triste es que yo sé que bien en el fondo -allí donde las tripas no admiten mentiras- ellas sienten exactamente lo mismo por mí.

http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/2007/08/el-factor-incomodo.html

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