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miércoles, 15 de junio de 2011

ESE AMOR QUE NO SE VA


Con el dolor de mi Ego


Estaba sirviéndome una segunda y sustanciosa porción de arroz con frijoles cuando Martín me soltó el chisme:
¿Sabías que Celia está con enamorado?
La noticia me tomó desprevenido. Fue un impacto seco y doloroso, como un cachetadón en la nuca. El pulso traicionó a mi mano y la cuchara se me resbaló, provocando que un oscuro puñado de fríjol ensuciara el impecable mantel de la mesa de Ana, cuyo cumpleaños se estaba celebrando con aquel opíparo almuerzo de sábado. 
No había terminado de metabolizar tan amarga primicia cuando el suelo empezó a sacudirse de manera violenta. Más que un sismo ordinario, parecía que una bomba acababa de estallar en las inmediaciones de la casa.
Si no hubiera sido por el griterío de los invitados y por el chillido histérico de las mujeres, habría creído que el temblor estaba ocurriendo, no en los cimientos de la ciudad, sino en los cimientos de mi interior, y que mi corazón magullado era el inequívoco epicentro de tan súbito fenómeno telúrico.
Enterarme de que Celia estaba con novio me remeció. No podía negarlo. Es decir, podía negarlo, pero solo superficialmente, hacia el exterior, como un mecanismo de defensa para no verme afectado delante de los demás. Quizá por eso la primera frase que salió automáticamente de mi boca luego de que Martín me pusiera al corriente de las novedades, y tras la conmoción del sismo, fue:
-¿Ah, sí? Manya. Me alegro por ella.
Me sentí muy hipócrita. Ni yo me creía lo que acababa de decir. Ante los comensales podía aparentar una muy bacán onda de chico superado al que la noticia le resbalaba; sin embargo, por dentro, íntimamente, una mezcla de envidia, pena, sorpresa y desacomodo me corroía.
Es verdad que mi historia con Celia había ocurrido un año atrás. Es verdad que desde entonces yo había hecho todo lo posible para que ella se decepcionara de mí. Es verdad también que una noche, ebrio, invité al cine a su ‘roommate’, ganándome en el acto el título de tarado vitalicio, de persona no grata, de sujetillo indeseable.
Todo eso es cierto. Pero aún así no pude evitar que –al tomar conocimiento de su flamante noviazgo– un cable sentimental se me chamuscara.
Celia y yo salimos durante casi 7 meses, período en el que nos fuimos alternando las riendas de la relación. Al inicio yo la cortejaba y ella se resistía; luego ella me empelotó y yo me aparté; finalmente coincidimos y nos acercamos con naturalidad. Sin llevar el título canónico de ‘enamorados’, nos comportábamos como si lo fuéramos. Nos llamábamos, nos hacíamos regalos, nos escribíamos notitas de lo más inspiradas.
Fue un tiempo intenso que se vio interrumpido por mis cobardías e indecisiones, por mi miedo al compromiso, por la vaga sospecha de que no podría ser el enamorado hecho y derecho que ella silenciosamente reclamaba (y claramente merecía).
Por eso cuando Martín me habló del nuevo estatus afectivo de Celia, no pude sino maquillar rápidamente mi fastidio y mi rabia con un cliché tontorrón. “Me alegro por ella”, dije y, de puro nervioso, procedí a servirme otra cucharada de frijoles.
En los días posteriores a aquel sábado no fue difícil identificar el sentimiento rencoroso del que había sido víctima. Ya otras veces había experimentado ese mismo envenenamiento; esa descomposición emocional y psicológica; ese decaimiento conchudo que sobreviene cuando ves irremediablemente perdida a la persona que tú mismo, con tus dudas, te encargaste de espantar.
Recordé, por ejemplo, lo que me ocurrió hace seis años con Catalina Quiñones. Ella y yo éramos viejos amigos del colegio (en la época en la que yo aún creía en la amistad entre géneros), hasta que nos encontramos un verano en la playa y pasamos a ser algo más. Fue un gran verano. Compartimos decenas de noches bailando, conversando, descubriendo con gracia nuestras enormes coincidencias y similitudes. Nos templamos. Pero apenas ella insinuó un interés más serio que el mío, ocurrió lo que me temía. El monstruo de mis angustias y contradicciones volvió a aparecerse. Me asusté, tomé distancia, la evité cada vez que ella me buscó, propiciando así su inevitable alejamiento.
Poco después me enteré (nuevamente a través de Martín, que ahora que lo pienso siempre me trae las informaciones más deprimentes) de que Catalina estaba saliendo con un chico de su oficina. De inmediato monté en cólera, me puse como un pichín arrepentido y corrí tratando de recuperar el terreno perdido. Sentí que el amor que tanto había venido negando por fin reverdecía en medio de mi pecho, transformándome por completo.
Herido en mi vanidad y mi orgullo, perseguí a Catalina hasta Madrid, adonde ella había viajado para estudiar una Maestría.
Me alojé en su piso y durante varios días intenté convencerla –trayendo a colación escenas escogidas del verano que pasamos juntos– de que yo era, sí o sí, el hombre de su vida, su príncipe azul o, por lo menos, el sapo que aspiraba a ser un apuesto caballero.
Le compuse canciones, la acribillé con versos de todo calibre, y hasta le compré un rinoceronte de peluche que me costó 114 euros. Fui el más chinchoso entre los chinchosos. El más persistente. Sin embargo, a pesar de mis poéticos y denodados esfuerzos, ella no accedió a darme la segunda oportunidad que le pedí.
Hizo bien.
Hoy Catalina está casada con aquel chico con el que inútilmente traté de competir, y tiene una hija preciosa a la que he visto crecer por las fotos que publica en el Facebook. Los tres viven en Canadá. Cada vez que veo sus fotos familiares pienso que yo no habría podido hacerla tan feliz.
Cuando te enteras de que una ex novia o una chica con la que viviste una historia importante está con un nuevo novio, el ego te duele peor que la muela del juicio. Te sientes desplazado, sientes que alguien, un invasor, ha pasado a ocupar el territorio que te pertenecía, y que ahora se relacionará con las personas y los lugares a los que tú ya te habías acostumbrado.
Cuando Valeria, mi primera enamorada, me comunicó, solo un par de meses después de terminar conmigo, que se disponía a iniciar una nueva relación, ardí de frustración. Los pelos del alma se me pusieron de punta. Mientras la oía trataba de mantenerme sereno, de sonreír con propiedad, de asolapar mi tristeza bajo eslóganes inoxidables como “te deseo lo mejor”, “espero que seas feliz” o “que te vaya bien con él”.
Todo eso, desde luego, era una completa mentira. Lo que en el fondo deseaba era que le fuera mal, pésimo, que su relación fracasara lo antes posible, que se desencantara rápido para que regresara conmigo. No entendía cómo, tan pronto, ella se había recuperado del desenlace de nuestra relación.
Mientras yo apenas iniciaba el duelo como un viudo convaleciente, ella ya se reinventaba al lado de otro.
Algunas madrugadas, borracho y atrofiado por el dolor, la llamaba para pedirle que reconsiderara su decisión, en nombre de lo que habíamos vivido.
Felizmente Valeria ignoró mis lloriqueos ininteligibles.
Hoy está casada con ese mismo personaje, y acaba de estrenarse como mamá de una bebé muy saludable de inmensos ojos verdes. Bien por ella. Conmigo solo habría tenido un hijo renacuajo y cegatón.
Igual ocurrió con P, mi segunda novia, la chica con la que compartí tres largos años. La tarde en que me contaron que ella anbaba de nuevo emparejada, sufrí una trombosis en la autoestima.
Lo más delirante fue cuando, al encararla, le recriminé su silencio y, haciendo gala de un resentimiento tercermundista, le solté la mentira más berraca de todas las que suelen diseminarse en circunstancias como esa:
¬–“Lo qué más me duele es que no me lo hayas contado tú. Era lo menos que me merecía”
Qué reclamo para más huachafo. Lo recuerdo y me avergüenzo de mí mismo.
¿Acaso no es peor que sea ella la que te cuente que ha iniciado un romance con otro? Por supuesto que es peor. Es horrible. Si es ella la que te lo dice, cara a cara, le das la posibilidad de que vea –en vivo y en directo– cómo tu expresión asustadiza va llenándose de pliegues y adquiriendo todos los matices de la congoja. Por más que lo intentas, no puedes reprimir el inconfundible puchero de la tristeza, y ese es un espectáculo más humillante todavía.
Llegado el caso, es preferible enterarse de las infaustas novedades de boca de un fulano cualquiera, un extraño ante el que no nos cueste fingir que tenemos la situación bajo control. Ya después, a solas, en tu cuarto, te desmoronas a tus anchas y pasas la noche en vela, sin poder pegar los ojos inyectados de pena.
Es asombroso lo mucho que nos cuesta aceptar que somos sustituibles. En el fondo, somos tan descartables que un foco de luz cuyos pequeños fusibles han colapsado. Somos igual de prescindibles que un resorte vencido, o una vieja tubería que gotea y necesita ser cambiada por una nueva y moderna. El problema es que nos sobrevaloramos y nos consideramos irremplazables.
Nunca he podido alegrarme con sinceridad cuando me he enterado de que una chica del pasado inmediato se ha puesto de novia y que, además, está radiante y contenta. Me toma algo de tiempo comprender que he perdido cierto antiguo protagonismo, que ya no soy más el chico sensible que la sedujo y la emocionó.
Es egoísta, no lo niego, pero es lo que hay.
Por otro lado, no es muy cómodo enterarte de estas cosas en medio de una reunión social. La gente, los amigos en común, tan limitados a veces, tan decepcionantes, entran a categorizar el asunto y te adjudican el papel del ‘derrotado’. Como tu ex chica ya reanudó su actividad amorosa, y como tú sigues solo y buscando novia, asumen que mereces su compasión. Si serán idiotas.
Son muy extraños los engranajes que se ponen en marcha cuando uno de los dos miembros de una pareja desmantelada reinaugura su vida afectiva de la mano de un tercero.
En lo que a mí concierne, si la ex novia me ha importado mucho, y si fue ella la que me dejó, pues me vuelvo loco. Me enfermo, me desespero y actúo como un sicótico. Me convierto en un exponente ejemplar de la miseria humana. Para empezar, ‘googleo’ al nuevo novio. Hago un amplio barrido de información. Averiguo todo lo que puedo sobre él: nombre completo, dirección, estudios, aficiones. Todo. No importa que no vaya a utilizar esos datos en su contra, se trata simplemente de saberlos.
Luego me enchufo a la computadora y busco en Internet fotos del individuo para ver qué tan guapo está. Si veo que es más feo que yo, siento un estúpido alivio y dejo de hacer tanto hígado; pero si veo que es un chico bonito y musculoso me siento una mierda.
Me desgarro y me retuerzo en el suelo imaginando cómo se besan, cómo follan, cómo se dicen al oído las mismas frases y promesas que antes yo decía y escuchaba.
Dar rienda suelta a ese morbo es sumamente dañino, pero reprimirlo es peor.
Tal comportamiento desquiciado es una prueba significativa de que la decepción amorosa tiene mucho que ver con el ego, el puto ego que no tolera la posibilidad del adiós seguido del reemplazo.
Si la chica, en cambio, no ha sido un gran capítulo en mi vida, no me preocupo tanto. O sea, igual me jode, igual me fastidio, igual espío al advenedizo, pero los perjuicios emocionales son menores.
Y, finalmente, si soy yo el que he dejado a una ex, me amargo un tanto al saber que ella ya encontró nuevo galán, pero también me tranquilizo, pues me libero de culpas. “Ya otro hombre se está ocupando de esa carga”, pienso, miserablemente.
Creo que a las mujeres –por su practicidad, por su predisposición a la vida en pareja, por su fobia a la soledad– les resulta más sencillo iniciar un romance tras un duelo brevísimo. Cambiar de novio rápidamente es parte de su estructura genética.
Me da la impresión de que a los hombres nos cuesta más arrancárnoslas de la cabeza. Parafraseando a Sabina, nos toma 19 días, pero 500 noches durísimas olvidarnos de una niña que nos hizo zapatear.
El único consuelo que me sirve luego de enterarme que una ex alzó vuelo es creer que nadie conseguirá borrar las huellas que yo le dejé, las marcas que llevan mi nombre, las pequeñas cosas que en algún momento me hicieron diferente. Es un consuelo engañoso, infantil, y muy vanidoso, pero profundamente útil.
Por eso a todas: a Celia, a Catalina, a Valeria y a P, les deseo lo mejor, aunque sea de mentira.

*Escrito, como casi todos los post de esta temática publicados aquí, por Renato Cisneros. 

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