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martes, 10 de mayo de 2011

VIVIR ES HERMOSO


No nos dejemos arrastrar

Autor: Guillermo Giacosa

Este amontonamiento de seres humanos que parece ser el mundo tiene múltiples pero ocultas facetas que invitan a reafirmar la fe en la vida: son innumerables los actos de amor y solidaridad que ocurren cada día sin que nos enteremos de ello. Si la prensa tumba millones de árboles para revelarnos el lado oscuro de la existencia y para defender sus intereses, nos quedaríamos sin un solo bosque si se relatara la entereza y el desprendimiento de gran parte de la humanidad. 

Hay, en la realidad, más empatía que enfrentamientos, más generosidad que codicia, aun cuando la estructura social y los valores “modernos” nos orienten en esa dirección. Las disputas se ventilan a los gritos, el amor se celebra en silencio. Por cada trompada hay miles de caricias. Por cada agresión, incontables brazos que se abren para recibir al prójimo. El cerebro humano, cuentan las neurociencias, ha sido diseñado para empatizar, es decir para comprender al otro, para ponerse en el lugar del otro. A los bebés les hacer llorar el llanto de otros bebés, a los niños, en su primera infancia, el dolor de otros niños los conmueve al extremo de llevarlos hasta su propia madre, aquella que siempre los consuela, para que consuele al extraño. Cada vez que un médico coloca al recién nacido en el pecho de quien acaba de parir se produce una impronta amorosa que sella un vínculo que suele durar el resto de la vida. Estamos dotados, junto a otras especies, que también sufren, se emocionan y hasta ofrecen la vida por su descendencia, de un poderoso e incontrolable impulso destinado a proteger y honrar la vida.

La maraña creada por una sociedad de 7,000 millones de habitantes no ha logrado desbaratar estos impulsos, pero ha creado el hábito de hacernos sentir que los impulsos contrarios, lo que honran la muerte, los que simbolizan la necrofilia, son los que predominan. La lucha por el poder, como estamos viendo actualmente en el Perú, agudiza esa tendencia y exacerba instintos destructivos que representan la parte más primitiva de nuestra naturaleza

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