domingo, 12 de junio de 2011

DISFRUTAR DE LA SOLITARIEDAD


EL DIFÍCIL ARTE DE ESTAR SOLO


Buscar novia debería ser un pasatiempo divertido y no una obsesión enfermiza. En mi caso, por lo menos, detrás de este impenitente ejercicio de exploración mundana y selección natural (que ya lleva sus buenos dos meses y medio) no hay ni un gramo de intranquilidad, desesperación, despecho o angustia.
Si digo que ‘busco novia’ es porque a menudo me provoca conocer a una chica que –como una pieza de madera– calce exacta en el espacio pendiente de mi rompecabezas personal.
Pero tampoco me hago paltas. Si llega, genial. Si no, también. La soledad, lejos de intimidarme o asustarme, me resulta confortable. Demasiado confortable, diría. Aunque a mucha gente le extrañe, hay cosas que me gusta hacer preferiblemente solo: ir al cine, hacer compras en el supermercado, visitar una librería, comprar ropa, montarme en un avión. Hay días en el trabajo, incluso, en que almuerzo solo (provisto, eso sí, de un suplemento deportivo). También me gusta, de vez en cuando, sentarme en la barra de un bar o en la mesa de un cafetín y saber que puedo otear el mundo desde el espumoso y melancólico horizonte de mi vaso de cerveza. Quizá es por eso mismo que disfruto tanto manejando. Estar al volante, maniobrar el timón, pisar los pedales, decidir los cambios e imprimir velocidad al auto es toda una epifanía de la independencia.




Alguien podría jalonearme las orejas con razón y preguntarme “si tanto te gusta estar solo, qué diablos haces buscando novia”. Y yo podría defenderme diciendo que una cosa lleva a la otra, porque me parece que únicamente las personas que saben estar solas pueden advertir y valorar después la dimensión de una buena compañía.
A veces creo que esta actitud medio retraída –y que podría parecer una grave propensión hacia el autismo– está relacionada con mis aficiones predilectas (leer y escribir son, finalmente, actos solitarios por definición). Sin embargo, tengo una justificación antropológica más razonable y que se reduce al inapelable hecho fáctico de que al mundo venimos SOLOS y del mundo nos vamos SOLOS. Los nacimientos de mellizos, trillizos, cuatrillizos son siempre una novelería, una rareza digna de las portadas de los diarios (y de las carpas de los circos). Lo normal, lo que se espera, lo típico es que uno nazca solo. Igual pasa con la muerte. Uno se marcha a solas. ¿O acaso alguno de ustedes ha visto entierros en parejas o ataúdes con doble compartimiento? Lo lógico, otra vez, es que la gente se despida individualmente.
Por eso me irritan un poco las personas que no saben estar solas. Esos hombres y mujeres que creen que la soledad es sinónimo de acabamiento, derrota o exclusión. Personas que buscan por todos los medios emparejarse, y terminan enganchándose con alguien a quien no aman, pero que representa eso que tanto persiguen. Sin darse cuenta, acaban enamorados de una figuración, de un espejismo: no de la persona, sino de lo que la persona temporalmente encarna.
Me apenan las personas que no se soportan a sí mismas, que no se toleran, que se asfixian en el silencio de sus habitaciones, y que no se interpelan delante del espejo por miedo a descubrir vaya uno a saber qué incómodas verdades. Esas personas, con tal de combatir su paranoia de quedarse solos, son capaces de estar con quien pueden y no con quien quieren, ignorando que así extienden su tragedia.
Esa actitud responde a una típica mentalidad empapelada de frases como “voy a darme una oportunidad con él”, “no lo amo, pero lo necesito” o “sé que con el tiempo puedo enamorarme de ti”. Desconfíen cuando escuchen esas gentiles proclamas, porque detrás de ellas suele haber gente cobarde, medrosa y timorata que hipoteca su libertad y se abraza a una relación en la que no cree.
Tengo un amigo que sostiene que uno se empareja porque, inconscientemente, busca un testigo, alguien que pueda dar crédito a tus vivencias y sea quien las corrobore ante los demás. Una especia de fact checker sentimental. Tiene sentido. En todo caso, creo que todos se merecen vivir una larga temporada sin pareja. Pasarla solos un rato, sin más interlocutores que uno mismo.
De hecho, yo no busco novia para que me ‘rescate de mi soledad’. Al contrario, la busco para que venga a compartirla conmigo.

INDIFERENTE CONTIGO


EL MALDITO INDIFERENTE


En el terreno amoroso la indiferencia es un talento. Uno cuyo dominio requiere años de práctica, disciplina y perseverancia. Tal inversión de tiempo vale la pena, porque un indiferente obtiene una envidiable rentabilidad sentimental. Si no, cómo explicar que la mayoría de mujeres se descorazone y corte las venas, no por el tipo sensible que las halaga y la corteja, sino, precisamente, por el indiferente, el que no les hace caso, el que las maltrata con el frío machete de su desamor. Eso de que el chico bueno se queda con la chica es una mentira de las películas de HBO. En la vida real, los malos lideran la tabla.
Para los indiferentes, la estrategia de seducción se plantea al revés de lo convencional y consiste en ignorar, en retirarle tu atención al objeto deseado, en hacer gala de una impertérrita seguridad, solo comparable con la de los más exitosos ídolos deportivos o los más entronizados galanes de culebrones. Los tipos que exudan ese relajo conchudo y desinteresado ejercen un extraño magnetismo.
Tengo amigos cuya filosofía consiste en no involucrarse, y debo admitir que la pasan genial: sus novias babean por ellos y siempre hay chicas que los están buscando. Hasta hoy no lo entiendo. Ellos actúan como caballos y, para mi asombro, las mujeres les pasan por alto todos sus desplantes, sus arrogancias y su luctuosa falta de consideración.
Creo que esa suerte solo pueden disfrutarla los hombres que adolecen de ese sentimentalismo calzonudo que a otros nos ha tocado padecer. A mí –y este blog es una prueba de eso– me cuesta utilizar la estrategia adecuada e interpretar al sujeto indiferente, al pragmático, al vaquero maloso e impasible que patea la puerta del bar, seca una jarra de cerveza, escupe al suelo y se lleva sobre un hombro a la muchacha más linda del pueblo.


No puedo ser tan Clint Eastwood de la noche a la mañana cuando me he pasado toda la vida siendo más paparulo que John Cusack. No puedo ser el rudo y tatuado Tommy Lee cuando tengo la cara bovina del vocalista de los Hombres G cuando canta ‘Devuélveme a mi chica’. No puedo tronar los dedos como el Fonzie de ‘Happy Days’ cuando me he esmerado en trastabillar como Potsy Weber.
Yo solía pensar con ingenuidad que las relaciones de pareja se sostenían sobre la base de la espontaneidad, la autenticidad y la sinceridad. Pero cada día me convenzo de que esa es una utopía reblandecida. Las relaciones son un ajedrez, un ‘tira y afloja’, un calculado juego de táctica casi militar. Increíblemente, hay gente que se especializa en eso. El canadiense Erik von Markovik, por ejemplo, autor del libro ‘Mystery Method’, que enseña a conquistar mujeres paso a paso. Uno de sus alumnos fue el norteamericano Neill Strauss, que escribió el best seller ‘The Game’, donde cuenta cómo llego a ser un seductor profesional. Para los dos, la indiferencia es un virtuosismo.
Por ejemplo, este es un caso típico que ilustra el valor tangible de la personalidad indiferente. Cuando estás con una chica, tu cerebro deja de pensar (eventualmente) en las demás mujeres. Ganas en aplomo porque ya conseguiste a la chica que te gustaba. Eres un hombre feliz que ha saciado su deseo. Las feromonas de tu cuerpo empiezan a despedir químicos solo perceptibles por el olfato femenino, y entonces ocurre lo impensado: todas las mujeres se empiezan a fijar en ti, sobre todo las que nunca en su putañera vida te hicieron caso. Como ahora les eres indiferente, te has convertido en un ejemplar atractivo. ¿¿No es injusto??
Las mujeres administran convenientemente el barato pregón del “quiero un chico diferente”, pero es mentira. Puede haber legiones de chicos emotivos y sentimentales detrás de ellas, pugnando por una oportunidad, pero al final eligen al mismo típico galifardón macho e inmaduro que, sin dudas, les romperá el corazón. En lugar de decir que quieren un chico “diferente”, deberían proclamar “quiero un chico INdiferente”. Sería más honesto de su parte.
http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/2007/05/el-maldito-indiferente.html

LAS VENTAJAS DE TENER NOVIA


LAS VENTAJAS DE TENER NOVIA


Cuando uno está con novia, la vida recupera algo de su decencia perdida. Los fines de semana, por ejemplo, ya no los inviertes en agarrarte a botellazos con tus amigos solteros en un bar de mala muerte, ni en acudir en mancha a una de esas discotecas en las que ves la noche pasar acodado en una barra. Cuando uno está con novia, los viernes y sábados son perfectos para una maratón de películas. Llegas a su casa, preparan juntos la canchita y se despanzurran descalzos en el sofá de la sala. O también pueden pedir una pizza por delivery y atravesar la madrugada al ritmo de sempiternos campeonatos de ‘Scrabble’ (o de cualquier juego de mesa en el que ella siempre te sacará la mugre). Engordas increíblemente cuando estás con novia, pero no lo lamentas, porque ella empieza a llamarte ‘gordito y hay algo poderosamente encantador en ese trivial diminutivo.

Cuando estás con novia, exploras otras maneras de cuidar tu cuerpo: te aplicas un poco de su crema exfoliante y también de la humectante y, por qué no, hasta de la hidratante. Y cuando van juntos al gimnasio ya ni miras las máquinas para brazos, pecho y espalda (que son los únicos músculos que, en el fondo, te interesa inflar), sino que te pones a trotar al lado de tu chica –provisto de una toallita de manos y un termo– en una de esas fajas electrónicas en las que no duras ni cinco minutos. Cuando estás con novia puedes organizar salidas en parejas, inacabables noches de ‘Charada’ y ‘Pictionary’ con amigos, y hasta es más divertido programar el típico viajecito a Canta o Lunahuaná.


Una novia te ayuda a vestirte mejor. Una novia te enseña a cocinar. Una novia te insiste para que ordenes tu cuarto, limpies tu carro, organices tu agenda, te afeites dos veces por semana. Con una novia –como dice Alberto Fuguet– puedes ir al cine a ver comedias románticas sin sentir culpa. Una novia hace que tu mamá deje de sospechar inmediatamente que eres gay, y si eres gay, una novia te permite dudarlo. Cuando estás con chica, dejas de mirar a todas las mujeres en la calle como un animal excitado y muerto de hambre, y solo observas a las más guapas con el rabillo del ojo. Cuando estás con novia, siempre tienes con quien bailar y eres la envidia de los solteros que se pasan la fiesta estáticos, maldiciéndote desde sus mesas. Otra gran ventaja es que tienes sexo frecuente y ya no tienes que estar bajándote esos videos pornos que más de una vez tu sobrino de 6 años ha descubierto en tu PC.
Tener novia es tener alguien con quien comer helados y tomar capuchinos después del trabajo. Es, desde luego, tener alguien con quien conversar sobre esas millones de cosas bonitas de las que tus amigos suelen burlarse. Con una novia puedes despertarte y sentir, ingenuamente, que nunca más estarás solo. Con una novia puedes pelearte sabiendo que en la reconciliación está el gusto. Yo no tengo novia. Y por todo eso estoy buscando una.
http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/2007/04/las-ventajas-de-tener-novia.html

DOLOR DE EX


DOLOR DE EX


Con Viviana Ortiz estuve casi tres años. Fue mi primera enamorada en serio. Tanto tiempo ha pasado desde entonces que ya no me da vergüenza admitir que me enamoré de ella, no perdida, sino perdedoramente, como dice el poeta Raúl Mendizábal. Tan embobado estaba con la Vivi que su decisión de acabar la relación alteró -de polo a polo- todo mi ecosistema emocional. Cual si fuera el devastador Huracán ‘Katrina’, Viviana atravesó mi adolescencia, llevándose todo a su paso, provocando violentos sismos y tsunamis en las regiones más agrestes de mi cuerpo; arrancándole postes, árboles, casas y vacas a la diminuta geografía de mi vida. Más que dolido, quedé damnificado. Por eso, cuando algunos años más tarde recibí su inesperado parte de matrimonio, a mi corazón le dio la garrotera.
Cuando te enteras de que tu primera enamorada se va a casar, eres presa de una súbita mezcla de pánico y falsa condescendencia. Tomas la noticia con una felicidad de utilería, pero por dentro oyes cómo avanza la lenta procesión de tus angustias.

(Como dice la canción: OLD HABITS DIE HARD, HARD ENOUGH TO FEEL THE PAINLOS VIEJOS HÁBITOS TARDAN EN MORIR, TARDAN LO SUFICIENTE COMO PARA SENTIR EL DOLOR...)

Lo primero que yo hice al recibir el parte fue examinarlo, buscando el motivo más insignificante para decir -de puro picón- que me parecía bien huachafito. Delante de mis amigos, criticaba el tipo de letra, la calidad del papel, el tamaño, la estilografía y hasta el menor detalle gráfico. Cuando estaba solo, en cambio, me abandonaba al retorcido y masoquista pasatiempo de tachar con un finepenel nombre de su novio y reemplazarlo por el mío.
Herido en mi precario orgullo juvenil, decidí no asistir y prometí delante de varios testigos que el día del matrimonio de Viviana me emborracharía hasta el amanecer y me divertiría como el más enajenado de los chanchos. Eso, desde luego, no ocurrió. El día de la boda me calcé un terno desganadamente, le pedí con disimulo el auto a mi mamá (‘se gradúa un amigo’, argüí, más catastrófico que nunca) y me dirigí a la Iglesia a 100 kilómetros por hora.
Me detuve afuera del templo y me quedé paralizado. No atiné a bajar del auto. Nunca me he sentido tan irresoluto, tan alfeñique, tan profesionalmente maricón como esa vez. La iglesia abierta y yo sin saber qué demonios hacer. Parecía un momento dirigido y producido por Mel Brooks (aunque también por Cattone). Presa de un ataque de dudas, me dediqué a evaluar: “¿Entro o no entro? Sería un idiota si me quedo afuera; la gente va a pensar ‘ay, Renato no vino por resentido, seguro que nunca lo superó’. Pero si entro, van a decir que no tengo dignidad. Lo correcto sería entrar. Pero ¿para qué?, ¿Para felicitarla, darle mi bendición y aplaudirla? ¿Para hacer un brindis en su honor, mentirle y asegurarle que estoy feliz por ella? ¿Para tirarle arroz a la salida y escribir ‘Just Married’ con spray en la fea limosina que los llevará al hotel? ¡Nicaragua! ¡Prefiero pasar por resentido antes que por calzonudo y pepelmas!”.
Horrorizado de mí mismo, ya al borde del desquicio, estudié una última y descabellada opción, la más osada y cinematográfica de todas: impedir el matrimonio. Sentí que sería el único acto que podría reportarme cierta decencia. Por un segundo me vi trepando a la zona del coro y descolgándome del techo por un cable -como hacían Mac Gyver o Indiana Jones- para interrumpir la ceremonia, paralizar al auditorio y decir lo mío (que a esas alturas ya no sabía muy bien qué era).
En esas mongolitas cavilaciones andaba cuando vi que una muchedumbre abandonaba la iglesia raudamente. El matrimonio había terminado y yo seguí allí, dentro del auto, estático, sin poder arrancar, pensando que Viviana aparecería en cualquier momento y me vería tan entristecido y descompuesto.
Felizmente, en un acceso de dignidad, reaccioné y recuperé el sentido común. Puse primera, hice rechinar las llantas y huí despavorido, sin mirar atrás, como si acabara de asaltar un banco y hubiera fallado en el intento.

YO ME ARREPIENTO DE ESTE AMOR


YO ME ARREPIENTO DE ESTE AMOR


¿Quién no ha hecho el ridículo en su legítimo propósito de enamorar o retener a alguien? ¿Quién no ha protagonizado, siquiera una vez, un episodio sentimental entre cómico, patético y absurdo? Todos tenemos memorizada nuestra propia colección de huachaferías y torpezas. Todos sabemos muy internamente de qué bobadas conviene arrepentirse.

(Una canción que me vuelve aquellos tiempos de enamorado, este hit de Eros Ramazzotti fue sino mal recuerdo la primera de tantas baladitas que escuché al lado de ella )

Ahora que estoy solo, sin novia, me gusta matar el tiempo examinando mi pasado, tratando de proyectarlo en mi cabeza como si fuera una película muda. Me resulta útil verme a mí mismo en cámara lenta, cuadro por cuadro, porque así puedo detectar cuándo y dónde fue exactamente que metí la pataza. Cierro los ojos, la película avanza en el ecran ficticio de mi cerebro y ahí estoy yo –siempre tan pavo, tan apresurado, tan kamikaze– sufriendo los estragos de mis más geniales estropicios amorosos.
Ese ejercicio puede sonar medio delirante pero me ha permitido reconocer que hay decenas de cosas de las que indudablemente me avergüenzo y arrepiento. Quizá ventilarlas aquí sea una manera de exorcizarlas.
Me arrepiento, por ejemplo, de haber abierto mi bocota para decir ‘te quiero’ tan repetida e indiscriminadamente. Hoy ya sé que es mejor dosificar esa expresión (pero, claro, la sabiduría –como dice García Márquez– llega cuando ya no nos sirve para nada). Me arrepiento también de haber querido ser el enamorado perfecto, el epítome de Kevin Arnold, el chico Fisher Price que busca a su chica Hello Kitty. Me arrepiento de haber compuesto, cantado, grabado y masterizado baladas francamente horrendas. Me arrepiento de haber invertido en comidas y regalos infructuosos un dinero que me habría servido, tranquilamente, para viajar a las playas de Tailandia. Me arrepiento de haberme vuelto loco de celos. De haber espiado desde un árbol a una enamorada que estudiaba con un amigo, y de haber pernoctado bajo un farol esperando descubrir una infidelidad que jamás se produciría. Me arrepiento de haber perdonado traiciones y, desde luego, de haberlas cometido.
Me arrepiento de haber regalado más peluches que libros, más flores que discos, más frascos de perfume que botellas de vino. Me arrepiento de la tarde en que dejé de alquilar ‘Muerte en Venecia’ y renté ‘Serendipity’ para verla con ella. Me arrepiento mil veces de haberme dejado arrastrar al concierto de Shakira y de no haber podido convencerla nunca de ir al estadio un domingo de Clásico. Me arrepiento de haber bailado algunas canciones de Chichi Peralta y haber aprendido de memoria varios temas de Montaner (Dios, lo dije). Me arrepiento de haber escrito más poemas de los estrictamente necesarios (y de haber obsequiado el mismo poema a diferentes chicas). Me arrepiento de haber querido cocinar, cuando bien sé que soy un desastre delante de las ollas, las hornillas y las tablas de picar. Me arrepiento –cómo me arrepiento– de no haber hecho caso a algunas advertencias de mis amigos, cuyos consejos, por no convenirme, sobrestimé. Me arrepiento de haber querido impresionarla haciendo piruetas en el carro para, dos horas más tarde, acabar en una comisaría, dando explicaciones por haber provocado un triple choque (y sin brevete). Me arrepiento de haberme obsesionado con un par de causas perdidas y de haber querido forzar al destino a que juegue a mi favor.
Finalmente, me arrepiento de arrepentirme tanto, y sospecho que hay algo inútil detrás de estas 600 palabras. Uno siempre se repite, siempre vuelve a embarrarla y nunca –pero nunca– aprende la lección. Te castigas con grandilocuencia diciendo “pero cómo pude ser tan idiota de hacer eso”, pero en el fondo sabes que, tarde o temprano, si te enamoras, volverás a cometer toditas tus patinadas, una por una. Tu naturaleza así te lo demandará. Creo que arrepentirse no es un mecanismo para expiar una culpa. Arrepentirse es solo una manera de volver a equivocarse.

sábado, 11 de junio de 2011

LOS ACOMPLEJADOS


Te odio 2.0

Ahora que han pasado las elecciones, las peleas por los candidatos y las luchas “Dignidad vs. Economía”, decidí escribir algo de nuevo. La verdad es que había estado evitando el conflicto innecesario, pero ahora tuve ganas de volver a escribir tonteras. Entonces, relájense y lean
Hay gente que detesto, lo que creo que es normal, pero hay gente que detesto ESPECIALMENTE por Facebook.
Les explico, ¿tienen algún “amigo” en Facebook que jura y rejura que su vida es perfecta? ¿Que postea todos sus pasos como si estuviera en Twiter? ¿Que jura que sus comentarios gustan a todo el mundo, cuando solo tiene algunos comentarios de poquísima gente de su entorno? Bueno, yo tengo a alguien así en Facebook.
"¡PERO BÓRRALO!"
Claro que lo he hecho, pero no sé por qué siempre aparece alguien que toma su lugar. Borro a alguna persona con esas características y me agrega otra o peor, alguien más se vuelve así: ES INEXPLICABLE.
Lo que de verdad me fastidia es que ponga en su muro cosas como “un súper lindo día, “te amo amorcito lindis”, “tengo las amiguis más fantásticas del world”, “el mejor trabajo”, “wii”, “súper dúper feliz”, etc, etc, etc. En serio: ¡Aj! Está bien que su vida sea buena, pero me estresa que todos los días pongan cosas así, sobre todo por el grado de ñoñería con el que estas frases están cargadas.
A esto súmenle que se toma fotos mostrando sus "curvazas", que en realidad no son muy pronunciadas y tiene a sus mismos 6 o 7 amigos o amigas que le comentan lo mismo en todas las fotos: “Qué lindis”, “Hermosa”, y estupideces por el estilo que NO, NO SON VERDAD.
Y como para cerrar con broche de ahora, se creen TAAAAAAAN BACANES, que se ponen a “serranear” gente por Facebook. Sí pues, el domingo en la noche la mayoría de estas personillas ponían cosas como: “la ignorancia ganó”, “malditos serranos” y demás tonterías que no vale la pena ni repetir.
Me tomé la molestia de analizar a estas personas junto a un amigo que estudia psicología y llegamos a ciertas conclusiones:
- Tienen baja autoestima y necesitan comunicar sus emociones a toda hora, sobre todo aparentando que son “felices”, porque es la única manera en la que no se sienten solos y tristes.
- Se toman fotos en donde aparecen “lindis”, porque necesitan reforzar lo anterior mediante los halagos de sus amigos; de modo que se convencen a sí mismos de que son lindos y hasta envidiables.
- Producto de todo lo anterior se sienten superiores a los demás, es por eso que no dudan en discriminar, en tachar de brutos, tontos y demás a los que no piensan igual.
Bueno ojalá que sus heridas mentales sanen y de paso las mías también.

FUENTE: http://blogs.elcomercio.pe/tengo18/2011/06/te-odio-20.html