domingo, 12 de junio de 2011

LAS VENTAJAS DE TENER NOVIA


LAS VENTAJAS DE TENER NOVIA


Cuando uno está con novia, la vida recupera algo de su decencia perdida. Los fines de semana, por ejemplo, ya no los inviertes en agarrarte a botellazos con tus amigos solteros en un bar de mala muerte, ni en acudir en mancha a una de esas discotecas en las que ves la noche pasar acodado en una barra. Cuando uno está con novia, los viernes y sábados son perfectos para una maratón de películas. Llegas a su casa, preparan juntos la canchita y se despanzurran descalzos en el sofá de la sala. O también pueden pedir una pizza por delivery y atravesar la madrugada al ritmo de sempiternos campeonatos de ‘Scrabble’ (o de cualquier juego de mesa en el que ella siempre te sacará la mugre). Engordas increíblemente cuando estás con novia, pero no lo lamentas, porque ella empieza a llamarte ‘gordito y hay algo poderosamente encantador en ese trivial diminutivo.

Cuando estás con novia, exploras otras maneras de cuidar tu cuerpo: te aplicas un poco de su crema exfoliante y también de la humectante y, por qué no, hasta de la hidratante. Y cuando van juntos al gimnasio ya ni miras las máquinas para brazos, pecho y espalda (que son los únicos músculos que, en el fondo, te interesa inflar), sino que te pones a trotar al lado de tu chica –provisto de una toallita de manos y un termo– en una de esas fajas electrónicas en las que no duras ni cinco minutos. Cuando estás con novia puedes organizar salidas en parejas, inacabables noches de ‘Charada’ y ‘Pictionary’ con amigos, y hasta es más divertido programar el típico viajecito a Canta o Lunahuaná.


Una novia te ayuda a vestirte mejor. Una novia te enseña a cocinar. Una novia te insiste para que ordenes tu cuarto, limpies tu carro, organices tu agenda, te afeites dos veces por semana. Con una novia –como dice Alberto Fuguet– puedes ir al cine a ver comedias románticas sin sentir culpa. Una novia hace que tu mamá deje de sospechar inmediatamente que eres gay, y si eres gay, una novia te permite dudarlo. Cuando estás con chica, dejas de mirar a todas las mujeres en la calle como un animal excitado y muerto de hambre, y solo observas a las más guapas con el rabillo del ojo. Cuando estás con novia, siempre tienes con quien bailar y eres la envidia de los solteros que se pasan la fiesta estáticos, maldiciéndote desde sus mesas. Otra gran ventaja es que tienes sexo frecuente y ya no tienes que estar bajándote esos videos pornos que más de una vez tu sobrino de 6 años ha descubierto en tu PC.
Tener novia es tener alguien con quien comer helados y tomar capuchinos después del trabajo. Es, desde luego, tener alguien con quien conversar sobre esas millones de cosas bonitas de las que tus amigos suelen burlarse. Con una novia puedes despertarte y sentir, ingenuamente, que nunca más estarás solo. Con una novia puedes pelearte sabiendo que en la reconciliación está el gusto. Yo no tengo novia. Y por todo eso estoy buscando una.
http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/2007/04/las-ventajas-de-tener-novia.html

DOLOR DE EX


DOLOR DE EX


Con Viviana Ortiz estuve casi tres años. Fue mi primera enamorada en serio. Tanto tiempo ha pasado desde entonces que ya no me da vergüenza admitir que me enamoré de ella, no perdida, sino perdedoramente, como dice el poeta Raúl Mendizábal. Tan embobado estaba con la Vivi que su decisión de acabar la relación alteró -de polo a polo- todo mi ecosistema emocional. Cual si fuera el devastador Huracán ‘Katrina’, Viviana atravesó mi adolescencia, llevándose todo a su paso, provocando violentos sismos y tsunamis en las regiones más agrestes de mi cuerpo; arrancándole postes, árboles, casas y vacas a la diminuta geografía de mi vida. Más que dolido, quedé damnificado. Por eso, cuando algunos años más tarde recibí su inesperado parte de matrimonio, a mi corazón le dio la garrotera.
Cuando te enteras de que tu primera enamorada se va a casar, eres presa de una súbita mezcla de pánico y falsa condescendencia. Tomas la noticia con una felicidad de utilería, pero por dentro oyes cómo avanza la lenta procesión de tus angustias.

(Como dice la canción: OLD HABITS DIE HARD, HARD ENOUGH TO FEEL THE PAIN: LOS VIEJOS HÁBITOS TARDAN EN MORIR, TARDAN LO SUFICIENTE COMO PARA SENTIR EL DOLOR...)

Lo primero que yo hice al recibir el parte fue examinarlo, buscando el motivo más insignificante para decir -de puro picón- que me parecía bien huachafito. Delante de mis amigos, criticaba el tipo de letra, la calidad del papel, el tamaño, la estilografía y hasta el menor detalle gráfico. Cuando estaba solo, en cambio, me abandonaba al retorcido y masoquista pasatiempo de tachar con un finepenel nombre de su novio y reemplazarlo por el mío.
Herido en mi precario orgullo juvenil, decidí no asistir y prometí delante de varios testigos que el día del matrimonio de Viviana me emborracharía hasta el amanecer y me divertiría como el más enajenado de los chanchos. Eso, desde luego, no ocurrió. El día de la boda me calcé un terno desganadamente, le pedí con disimulo el auto a mi mamá (‘se gradúa un amigo’, argüí, más catastrófico que nunca) y me dirigí a la Iglesia a 100 kilómetros por hora.
Me detuve afuera del templo y me quedé paralizado. No atiné a bajar del auto. Nunca me he sentido tan irresoluto, tan alfeñique, tan profesionalmente maricón como esa vez. La iglesia abierta y yo sin saber qué demonios hacer. Parecía un momento dirigido y producido por Mel Brooks (aunque también por Cattone). Presa de un ataque de dudas, me dediqué a evaluar: “¿Entro o no entro? Sería un idiota si me quedo afuera; la gente va a pensar ‘ay, Renato no vino por resentido, seguro que nunca lo superó’. Pero si entro, van a decir que no tengo dignidad. Lo correcto sería entrar. Pero ¿para qué?, ¿Para felicitarla, darle mi bendición y aplaudirla? ¿Para hacer un brindis en su honor, mentirle y asegurarle que estoy feliz por ella? ¿Para tirarle arroz a la salida y escribir ‘Just Married’ con spray en la fea limosina que los llevará al hotel? ¡Nicaragua! ¡Prefiero pasar por resentido antes que por calzonudo y pepelmas!”.
Horrorizado de mí mismo, ya al borde del desquicio, estudié una última y descabellada opción, la más osada y cinematográfica de todas: impedir el matrimonio. Sentí que sería el único acto que podría reportarme cierta decencia. Por un segundo me vi trepando a la zona del coro y descolgándome del techo por un cable -como hacían Mac Gyver o Indiana Jones- para interrumpir la ceremonia, paralizar al auditorio y decir lo mío (que a esas alturas ya no sabía muy bien qué era).
En esas mongolitas cavilaciones andaba cuando vi que una muchedumbre abandonaba la iglesia raudamente. El matrimonio había terminado y yo seguí allí, dentro del auto, estático, sin poder arrancar, pensando que Viviana aparecería en cualquier momento y me vería tan entristecido y descompuesto.
Felizmente, en un acceso de dignidad, reaccioné y recuperé el sentido común. Puse primera, hice rechinar las llantas y huí despavorido, sin mirar atrás, como si acabara de asaltar un banco y hubiera fallado en el intento.

YO ME ARREPIENTO DE ESTE AMOR


YO ME ARREPIENTO DE ESTE AMOR


¿Quién no ha hecho el ridículo en su legítimo propósito de enamorar o retener a alguien? ¿Quién no ha protagonizado, siquiera una vez, un episodio sentimental entre cómico, patético y absurdo? Todos tenemos memorizada nuestra propia colección de huachaferías y torpezas. Todos sabemos muy internamente de qué bobadas conviene arrepentirse.

(Una canción que me vuelve aquellos tiempos de enamorado, este hit de Eros Ramazzotti fue sino mal recuerdo la primera de tantas baladitas que escuché al lado de ella )

Ahora que estoy solo, sin novia, me gusta matar el tiempo examinando mi pasado, tratando de proyectarlo en mi cabeza como si fuera una película muda. Me resulta útil verme a mí mismo en cámara lenta, cuadro por cuadro, porque así puedo detectar cuándo y dónde fue exactamente que metí la pataza. Cierro los ojos, la película avanza en el ecran ficticio de mi cerebro y ahí estoy yo –siempre tan pavo, tan apresurado, tan kamikaze– sufriendo los estragos de mis más geniales estropicios amorosos.
Ese ejercicio puede sonar medio delirante pero me ha permitido reconocer que hay decenas de cosas de las que indudablemente me avergüenzo y arrepiento. Quizá ventilarlas aquí sea una manera de exorcizarlas.
Me arrepiento, por ejemplo, de haber abierto mi bocota para decir ‘te quiero’ tan repetida e indiscriminadamente. Hoy ya sé que es mejor dosificar esa expresión (pero, claro, la sabiduría –como dice García Márquez– llega cuando ya no nos sirve para nada). Me arrepiento también de haber querido ser el enamorado perfecto, el epítome de Kevin Arnold, el chico Fisher Price que busca a su chica Hello Kitty. Me arrepiento de haber compuesto, cantado, grabado y masterizado baladas francamente horrendas. Me arrepiento de haber invertido en comidas y regalos infructuosos un dinero que me habría servido, tranquilamente, para viajar a las playas de Tailandia. Me arrepiento de haberme vuelto loco de celos. De haber espiado desde un árbol a una enamorada que estudiaba con un amigo, y de haber pernoctado bajo un farol esperando descubrir una infidelidad que jamás se produciría. Me arrepiento de haber perdonado traiciones y, desde luego, de haberlas cometido.
Me arrepiento de haber regalado más peluches que libros, más flores que discos, más frascos de perfume que botellas de vino. Me arrepiento de la tarde en que dejé de alquilar ‘Muerte en Venecia’ y renté ‘Serendipity’ para verla con ella. Me arrepiento mil veces de haberme dejado arrastrar al concierto de Shakira y de no haber podido convencerla nunca de ir al estadio un domingo de Clásico. Me arrepiento de haber bailado algunas canciones de Chichi Peralta y haber aprendido de memoria varios temas de Montaner (Dios, lo dije). Me arrepiento de haber escrito más poemas de los estrictamente necesarios (y de haber obsequiado el mismo poema a diferentes chicas). Me arrepiento de haber querido cocinar, cuando bien sé que soy un desastre delante de las ollas, las hornillas y las tablas de picar. Me arrepiento –cómo me arrepiento– de no haber hecho caso a algunas advertencias de mis amigos, cuyos consejos, por no convenirme, sobrestimé. Me arrepiento de haber querido impresionarla haciendo piruetas en el carro para, dos horas más tarde, acabar en una comisaría, dando explicaciones por haber provocado un triple choque (y sin brevete). Me arrepiento de haberme obsesionado con un par de causas perdidas y de haber querido forzar al destino a que juegue a mi favor.
Finalmente, me arrepiento de arrepentirme tanto, y sospecho que hay algo inútil detrás de estas 600 palabras. Uno siempre se repite, siempre vuelve a embarrarla y nunca –pero nunca– aprende la lección. Te castigas con grandilocuencia diciendo “pero cómo pude ser tan idiota de hacer eso”, pero en el fondo sabes que, tarde o temprano, si te enamoras, volverás a cometer toditas tus patinadas, una por una. Tu naturaleza así te lo demandará. Creo que arrepentirse no es un mecanismo para expiar una culpa. Arrepentirse es solo una manera de volver a equivocarse.

sábado, 11 de junio de 2011

LOS ACOMPLEJADOS


Te odio 2.0

Ahora que han pasado las elecciones, las peleas por los candidatos y las luchas “Dignidad vs. Economía”, decidí escribir algo de nuevo. La verdad es que había estado evitando el conflicto innecesario, pero ahora tuve ganas de volver a escribir tonteras. Entonces, relájense y lean
Hay gente que detesto, lo que creo que es normal, pero hay gente que detesto ESPECIALMENTE por Facebook.
Les explico, ¿tienen algún “amigo” en Facebook que jura y rejura que su vida es perfecta? ¿Que postea todos sus pasos como si estuviera en Twiter? ¿Que jura que sus comentarios gustan a todo el mundo, cuando solo tiene algunos comentarios de poquísima gente de su entorno? Bueno, yo tengo a alguien así en Facebook.
"¡PERO BÓRRALO!"
Claro que lo he hecho, pero no sé por qué siempre aparece alguien que toma su lugar. Borro a alguna persona con esas características y me agrega otra o peor, alguien más se vuelve así: ES INEXPLICABLE.
Lo que de verdad me fastidia es que ponga en su muro cosas como “un súper lindo día, “te amo amorcito lindis”, “tengo las amiguis más fantásticas del world”, “el mejor trabajo”, “wii”, “súper dúper feliz”, etc, etc, etc. En serio: ¡Aj! Está bien que su vida sea buena, pero me estresa que todos los días pongan cosas así, sobre todo por el grado de ñoñería con el que estas frases están cargadas.
A esto súmenle que se toma fotos mostrando sus "curvazas", que en realidad no son muy pronunciadas y tiene a sus mismos 6 o 7 amigos o amigas que le comentan lo mismo en todas las fotos: “Qué lindis”, “Hermosa”, y estupideces por el estilo que NO, NO SON VERDAD.
Y como para cerrar con broche de ahora, se creen TAAAAAAAN BACANES, que se ponen a “serranear” gente por Facebook. Sí pues, el domingo en la noche la mayoría de estas personillas ponían cosas como: “la ignorancia ganó”, “malditos serranos” y demás tonterías que no vale la pena ni repetir.
Me tomé la molestia de analizar a estas personas junto a un amigo que estudia psicología y llegamos a ciertas conclusiones:
- Tienen baja autoestima y necesitan comunicar sus emociones a toda hora, sobre todo aparentando que son “felices”, porque es la única manera en la que no se sienten solos y tristes.
- Se toman fotos en donde aparecen “lindis”, porque necesitan reforzar lo anterior mediante los halagos de sus amigos; de modo que se convencen a sí mismos de que son lindos y hasta envidiables.
- Producto de todo lo anterior se sienten superiores a los demás, es por eso que no dudan en discriminar, en tachar de brutos, tontos y demás a los que no piensan igual.
Bueno ojalá que sus heridas mentales sanen y de paso las mías también.

FUENTE: http://blogs.elcomercio.pe/tengo18/2011/06/te-odio-20.html

martes, 10 de mayo de 2011

VIVIR ES HERMOSO


No nos dejemos arrastrar

Autor: Guillermo Giacosa

Este amontonamiento de seres humanos que parece ser el mundo tiene múltiples pero ocultas facetas que invitan a reafirmar la fe en la vida: son innumerables los actos de amor y solidaridad que ocurren cada día sin que nos enteremos de ello. Si la prensa tumba millones de árboles para revelarnos el lado oscuro de la existencia y para defender sus intereses, nos quedaríamos sin un solo bosque si se relatara la entereza y el desprendimiento de gran parte de la humanidad. 

Hay, en la realidad, más empatía que enfrentamientos, más generosidad que codicia, aun cuando la estructura social y los valores “modernos” nos orienten en esa dirección. Las disputas se ventilan a los gritos, el amor se celebra en silencio. Por cada trompada hay miles de caricias. Por cada agresión, incontables brazos que se abren para recibir al prójimo. El cerebro humano, cuentan las neurociencias, ha sido diseñado para empatizar, es decir para comprender al otro, para ponerse en el lugar del otro. A los bebés les hacer llorar el llanto de otros bebés, a los niños, en su primera infancia, el dolor de otros niños los conmueve al extremo de llevarlos hasta su propia madre, aquella que siempre los consuela, para que consuele al extraño. Cada vez que un médico coloca al recién nacido en el pecho de quien acaba de parir se produce una impronta amorosa que sella un vínculo que suele durar el resto de la vida. Estamos dotados, junto a otras especies, que también sufren, se emocionan y hasta ofrecen la vida por su descendencia, de un poderoso e incontrolable impulso destinado a proteger y honrar la vida.

La maraña creada por una sociedad de 7,000 millones de habitantes no ha logrado desbaratar estos impulsos, pero ha creado el hábito de hacernos sentir que los impulsos contrarios, lo que honran la muerte, los que simbolizan la necrofilia, son los que predominan. La lucha por el poder, como estamos viendo actualmente en el Perú, agudiza esa tendencia y exacerba instintos destructivos que representan la parte más primitiva de nuestra naturaleza

lunes, 9 de mayo de 2011

A UN MINUTO DE TI


Mikel Erentxun "3 noches en el Victoria Eugenia" (2008)

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Después de 6 discos en solitario, Mikel decide cerrar una etapa de su carrera que inició en 1993 con Naufragios, su primer disco al margen de Duncan Dhu.
En este "3 noches en el Victoria Eugenia" se hace un repaso por esos 15 primeros años de carrera en solitario. Muchos grandes éxitos ("A un minuto de ti", "Esta luz nunca se apagará", "Mañana"...), sorpresas ("A flor de piel", "Interludio"...), y sólo un tema de Dunca Dhu, que encima no es de los más obvios ("La herida").
Mikel dice que quiere hacer borrón y cuenta nueva. Dice que va a haber muchos cambios a partir de ahora. Quiere soltar lastre y dejar atrás el repertorio que ha estado interpretando durante estos últimos años.
Y qué mejor forma de hacerlo que llenando tres noches consecutivas el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, el mismo teatro en el que Duncan Dhu grabó su disco en directo en 1994 (aunque el disco no se editó hasta 1995).
Para esta ocasión le acompañan "Las malas influencias", una banda compuesta por sus músicos actuales (Rufo en la batería, Rubén Caballero en el bajo y Manolo Mejías en el bajo) más algún viejo conocido: (Joserra Senperena en los teclados y acordeón, Fran Iturbe en la guitarra). Cinco músicos en el escenario, más el propio Mikel, que toca la guitarra durante casi todos los temas. Una auténtica apisonadora que a veces te aplasta ("Arde Madrid" o sobre todo el final de "Acróbatas"), pero que también sabe tocar suave ("A flor de piel", o la impresionante revisión de "Todo es igual siempre", la versión de Morrisey).
Y cómo no, también hay colaboraciones. Las mejores: Bunbury ("Cartas de amor (cuando no hay amor)") e Iván Ferreiro ("De espaldas a mí"). Se salvan Leyva (en una nueva y sorprendente versión de "A un minuto de ti") y Rafa Berrio ("Tu nombre en los labios"). Y no pega ni con cola Amaia Montero (en "Lai teilatu", versión de Itoiz).
Un gran disco en directo, con un excelente sonido (y eso que está sin retocar en estudio) y sobre todo, con un repertorio inigualable. No en vano Mikel es uno de nuestros autores más prolíficos (9 discos con Duncan Dhu y 6 en solitario, algunos de ellos dobles y sin contar recopilatorios ni directos).
En "3 noches en el Victoria Eugenia" se permite el lujo de no recurrir a los viejos hits de Duncan Dhu (comparen con otros compañeros de generación).

Como bonus track, el disco trae un tema grabado el directo, también en el Teatro Victoria Eugenia, pero a puerta cerrada. Se trata de "El club de las horas contadas" con Diego Vasallo, el otro 50 % de Duncan Dhu.
Y al doble CD le acompaña un DVD titulado "El club de las horas contadas", que incluye un resumen del concierto, entrevistas, bakstage...